OTOÑO EN JAPÓN. MOMIJI
ellos también tienen algo rojo en distintos lugares de sus cuerpos.
Su rojo es puro. el de ella lo corta una franja del color del volcán.
Creía estar dentro de una pintura cuando la realidad me sorprendió con un tratado de armonía: quizás enrojecer sea algo parecido a la palabra momiji, aunque sospecho que la palabra japonesa incide más en lo que está ocurriendo en el otoño Aki. Y aún esta lengua se adentra en el proceso con otra palabra para la contemplación del cambio de color, de ese amarillear, enrojecer, tornarse dorado: Momijigari, palabra que designa a los que van a contemplar el cambio de paisaje, a los que van a admirar.
Un tiempo para la Adoración,
para admirar una lengua, inalcanzable en sus matices. La vibración y el sonido es lo único que alcanzo de la lengua japonesa. Por lo tanto me he desprendido de conceptos, significados y referentes de la palabra. Ahora he venido hasta aquí , solamente para escuchar la caída de la hoja.
La palabra momiji se la quiere quedar el Arce , pero aún les queda otra a otros
árboles del bosque que también se transforman: koyo.
No
hay realidad en el otoño japonés Aki , sino espejismo en el color y
una palabra que precisa el proceso Momiji . Una palabra que recoge la lenta
transformación del color, el cambio, y no sé si la caída de la hoja, el
desprendimiento.
Ginkgo biloba que ayudas a mantener la circulación de la sangre rojas.
Sueltas hojas
y
sigues conviviendo con otros árboles de distintos colores.
Has encontrado la armonía
Vine hasta aquí para soltar mis propias hojas.
Una vez más no me di tiempo. No me será posible contemplar la caída de mis hojas en tan solo tres semanas. Una vez no me concedí el tiempo.
Vine hasta aquí para darme cuenta de que todo empieza a dorarse. Para darme cuenta de que el envejecimiento no es cuestión de tres semanas y de que ( No tengo que) quiero vivirlo con contemplación . Asistir atenta a mi propio otoño porque no seré yo misma quien recoja las hojas de mi desprendimiento.
Vine hasta aquí para darme cuenta de mi envejecimiento, y de que necesito de un té para contemplar la caída de las hojas. No he tomado ningún té en Japón . A pesar de encontrar casas de té entre los jardines de los templos. A pesar de seguir las flechas que indicaban desde varios lugares de un jardín zen: CASA DE TÉ. Tenía tan solo que quitarme mis zapatos, descalzarme. Se me ofrecían zapatillas a la entrada, apropiadas al número que calzo, para soltar, para desprenderme, para apartarme de mi punto de vista. Me asomé, vi la tetera, el humo y hasta algún incienso. No entré, no me descalcé, no tenía tiempo. Tenía un programa de visitas para otros templos. Compré una bolsa de té, para otro tiempo, para luego, para después del viaje. No puedo decir como Lola Nieto : Pero fui a Japón a perder . No quiero revisar lo aquí escrito. No fui a perder, quise traerme amuletos, velas escritas, múltiples varillas de incienso, tablillas, hojas recogidas del suelo, pequeñas piedras del volcán, quise traerme cosas. Me traje galletas con algas marrones-verdes pegadas a la harina de alubia y a quien se las ofrecí las confundió con un papel pegado a la galleta. Regalé una galleta de legumbre con sabor a pescado ( me sentí inapropiada; aumenté este sentimiento de inapropiada, haciendo el regalo en los días de nuestra Navidad) . Comprada en un mercado, envuelta con ese envoltorio con el que los japoneses ofrecen sus cosas. Los envoltorios, cómo me llamó la atención esa manera tan delicada de envolver cualquier objeto por pequeño que sea. Algo pequeño no desmerece un bello envoltorio y una caligrafía, De esas galletas solo probé un pequeño bocado, y no en Japón. Lo saboreé pero me fue insuficiente ( el sentimiento de insuficiencia unido al de inapropiada aumentó al tratarse de esos días de nuestra Navidad). ¿Por qué habré regalado esas galletas a alguien que separaba lo agrio de lo dulce, lo amargo de lo suave. Ya no estaba a tiempo para pedir que me devolvieran las galletas. Porque yo en realidad esas galletas las había comprado para mí, porque me gusta ese gesto japonés de ofrecer lo agridulce en un envoltorio bello. Y, sí no voy a corregirme. Me permito que estos párrafos estén en carne viva, con el rojo del arce , con la sangre roja del babero del bodhisattva. En envoltorios kanjis que no sé leer quise traerme esas sardinas secas mezcladas con dátiles, y esa caballa secada con miel, y esos pequeños pescaditos secos crujientes que se parecían a los chanquetes de mi infancia. Quise traerme pero, después resultó que ni siquiera acerté a desenvolver correctamente el envoltorio ( me comparé con aquellos que aciertan a hacerlo correctamente. Y recordé que no perdí este mandato "todos lo hacen bien menos tú"). Aún tengo un amuleto del santuario Hida . Este sí permanece todavía en su envoltorio. No sé hasta cuándo.
No hay realidad en el otoño japonés solo un espejismo en el color.
Está como HORAI dentro de una pintura










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